Los gatos… pequeñas criaturas peludas que maúllan y, para quienes los amamos, son adorables. Los amantes de los felinos sabemos lo fascinantes y misteriosos que pueden ser.
Se dice que los gatos fueron un regalo de los dioses a los faraones egipcios. En el antiguo Egipto, comenzaron a ser vistos como animales sagrados, casi divinos, y recibieron un trato digno de la realeza, tanto en los palacios como en los hogares comúnes. Eran alimentados con los mejores manjares, mimados y protegidos con esmero. Si enfermaban, se les brindaban cuidados especiales. Aquellos con recursos económicos incluso les ofrecían funerales y embalsamamiento; algunos gatos eran enterrados en sarcófagos y en cementerios exclusivos para felinos. Como símbolo de duelo, sus dueños se depilaban o cortaban las cejas.
La veneración egipcia hacia los gatos era extrema, pues se creía que eran la encarnación del dios Ra en la Tierra (según El libro de los muertos). En muchas representaciones artísticas, Ra aparece en forma de un gato divino matando a una serpiente, simbolizando la lucha entre el bien y el mal. Apofis (Apep), la serpiente, representaba el caos, mientras que Ra, en su forma felina, lo combatía.
Asi mismo, en Egipto surgió el culto a la diosa Bastet, venerada desde la Segunda Dinastía (2890 a. C.). Originalmente, Bastet era la diosa de la guerra en el Bajo Egipto, mientras que su contraparte en el Alto Egipto era Sekhmet, representada como una leona feroz. Ambas eran hijas de Ra y conocidas como “los ojos de Ra”, pues una protegía el Bajo Egipto y la otra, el Alto Egipto. Con la unificación del imperio, Bastet prevaleció y se convirtió en la diosa de los gatos, la familia, la fertilidad, la protección, la música y el amor. Con el tiempo, su imagen se suavizó y pasó de ser una diosa guerrera a una protectora del hogar y la armonía. Su templo en Bubastis fue uno de los centros religiosos más importantes de Egipto, donde miles de gatos fueron momificados en su honor.
Desde tiempos antiguos, han circulado historias sobre los gatos en diversas culturas. Se cuenta que, después de la expulsión de Adán y Eva del paraíso, Dios les envió un perro como compañía. Sin embargo, algunos ángeles consideraron que el perro era demasiado sumiso y que la pareja se volvía arrogante al recibir obediencia incondicional. Como respuesta, Dios les envió un gato, quien no los obedecería, manteniendo su independencia y desafiando su supuesta superioridad.
En la cultura nórdica, los gatos estaban asociados con la diosa Freyja, quien los usaba para tirar de su carro. En Japón, el maneki-neko es símbolo de buena fortuna y prosperidad. En la cultura irlandesa y británica, los gatos son vistos como aliados de las hadas y portadores de buena fortuna. Se dice que un hada puede transformarse en gato o utilizar uno para acercarse a los humanos. En muchas tradiciones, adoptar un gato trae riqueza y poder en agradecimiento por los cuidados brindados, como se observa en el cuento El gato con botas.
Lamentablemente, durante la Edad Media y la Inquisición, la imagen del gato se tornó negativa. Fueron considerados vínculos con el más allá y se creyó que solo obedecían a las brujas. Esto dio inicio a la persecución y matanza de gatos, en especial los negros, a quienes se les atribuyó la peor reputación.
En realidad, los gatos sí poseen una conexión con lo espiritual, pero no de manera negativa. Desde Egipto, se les atribuyeron habilidades psíquicas y poderes protectores. Era común colocar figuras de gatos en los hogares para alejar los malos espíritus, pues se creía que los felinos podían percibir lo invisible para los humanos. No es casualidad que en Egipto se les llamara Miw, que significa “ver”.
Los gatos también pueden detectar ondas electromagnéticas, lo que explica por qué suelen dormir sobre televisores o computadoras, absorbiendo energías que podrían ser perjudiciales para sus dueños. Se dice que durante sus horas de vigilia, los gatos limpian la casa de energías negativas, y al dormir con su humano, transforman y depuran esas energías. Sin embargo, si absorben demasiada energía densa, pueden enfermar.
Desde el punto de vista científico, los gatos también son fascinantes. Su ronroneo tiene una frecuencia entre 25 y 150 Hz, lo que contribuye a la regeneración ósea y a la reducción del estrés en humanos. Además, han sido estudiados por su capacidad de prever terremotos o detectar enfermedades en sus dueños, incluyendo ciertos tipos de cáncer y ataques epilépticos.
A pesar del tiempo transcurrido desde su adoración en Egipto, los gatos conservan su aire de nobleza. No duermen donde se les indica, sino donde encuentran mayor comodidad. No comen cualquier alimento; si algo no les gusta, simplemente lo rechazan. Además, eligen a sus humanos favoritos dentro de la familia y pueden mostrar rechazo hacia quienes no les inspiran confianza.
El vínculo entre un gato y su humano puede ser profundo. Su ronroneo es relajante, facilita el sueño y ayuda a aliviar el estrés. Perciben los estados de ánimo y la salud de quienes aman. Se ha demostrado que los gatos pueden detectar enfermedades como el cáncer y que, en algunos hospitales de EE. UU., Canadá y Europa, se les está utilizando para la detección temprana de tumores.
Los beneficios de tener un gato son numerosos. Ayudan a reducir el estrés y la ansiedad, disminuyen el riesgo de enfermedades cardiovasculares y contribuyen a regular la presión arterial. El simple acto de acariciarlos favorece la liberación de oxitocina, la hormona del amor y la confianza, lo que combate la depresión y reduce la tasa de suicidios.
Existen muchas razones para amar a los gatos. En próximos artículos, abordaré más mitos, beneficios y la conexión de los gatos con el mundo espiritual y esotérico. Quien tiene un gato, tiene un gran amigo: independiente, sabio y protector. Aunque no sea sumiso, siempre buscará el amor de su humano y, a su manera, lo retribuirá con afecto y protección.